De Soledad y Sexo

por AI

Tengo deseos de sexo.

Al parecer, en mi sociedad, el estigma asociado a eso es lo suficiente para ganarme una muy mala fama si lo admito en publico, o risas y comentarios idiotas entre compañeros.

En realidad, es mas simple de lo que parece. Extraño el contacto humano, es tanto que los suaves roces de mi mano disparan mis nervios, alocan mis sentidos; me asombra que nadie se haya dado cuenta aun.

Así que no se si es mas una reacción a la soledad, o simplemente las hormonas bombardeando mi débil cerebro, pero sin duda que el libido me ha invadido. Por algo dice el refrán: “la carne es débil”.

Ahora, en mis sueños esta presente el ir a dormir junto a otro cuerpo desnudo; explorar las curvas que se forman en la espalda al tensarla cuando la tocas de manera correcta; sentir ese olor a humano, profundamente penetrante, hecho de feromonas y sudor, tan crudo y poderoso como todas las cosas que se obtienen de la actividad física; poder frotar mi piel contra otra, y porque no, insertar mi falo en esa pequeña puerta escondida.

La palabra vaina, como la vaina de una espada, o la que cubre los granos de la legumbre; viene del latín, vagina. Íntimamente relacionados, ambos conceptos ilustran esa relación profunda que se espera de el que tiene como misión ser receptáculo del pene, asumiendo la vulgar relación heterosexual. Sin duda, eso le da un significado distinto a la cita “No sheath shall hold what finds it’s home in flesh.”, que traduzco libremente como “Ninguna vaina podrá contener a lo que encuentra su hogar en la carne”.

Es triste la hipocresía. ¿Cuando oiré un: “vamos a cojer”? Que daría yo por una sesión de sexo donde sea yo el rogado; algo sin restricciones, y sin consecuencias posteriores. Lamento que la promiscuidad femenina sea mal vista, que sea un algo que “no es digno de una dama”, pero a fin de cuentas, ¿acaso no están ellas solas también?

En estos tiempos, el hombre debe no solo ser un caballero, sino un igual y un compañero; ser una bolsa de sorpresas, y un ameno animador sofisticado. El consuelo es que jugar “el juego” de la seducción es mas retador y divertido que nunca antes en la historia. Cuando soñaron los hombres antiguos con cientos de años de ciencia dedicada lograr cumplir la misión intrínseca a la carne.

No siempre es así, a veces simplemente el deseo corpóreo supera el placer del juego, y sin verter la culpa a vivir en un país retrogrado y tercermundista, queda siendo el “deber del hombre” el trabajo de seducir y “ganarse el derecho” a que por al menos unos momentos el resto del mundo sea irrelevante.

Al parecer, es mi destino embarcarme en la búsqueda, luchar por obtenerlo, y al final de cuentas decir “te deseo”; tristemente esa es la condena del hombre moderno.

No hay problema, igual ya me paso con la frase “te amo”.

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